domingo, 4 de enero de 2015

Capítulo 1, parte 3 «Dolor y cordura»

Cuando una débil luz se hizo paso entre las pestañas, parpadeé débilmente, intentando recuperar el punto de fuga y tratando de restablecer la cordura.

No sabía cuánto tiempo llevaba allí. Quizás días, quizás meses, quien sabe. 

Todo mi ser se iba adhiriendo a las paredes de aquella asquerosa celda. Sabía que iba a morir, pero mi captor se regocijaba en hacerme sufrir y de paso, mutilar mi ya demacrado cuerpo.


Apenas tenía dos horas de estabilidad mental, el agotamiento se sobreponía a la razón, el dolor a cualquier otro tipo de emoción. Luego estaban aquellas cosas que me inyectaban. Para dejarme mansa, para desactivarme.

-Buenos días, bella durmiente. Cada día duermes más, quizás un día, no te despiertes. -Dijo el guarda de la celda con una sátira sonrisa. Acto seguido, cogió las llaves que colgaban del cinturón de su uniforme y abrió la reja.

Dos hombres entraron y me levantaron del suelo. Yo no era capaz de moverme, la tortura a la que me sometían diariamente me había atrofiado los músculos de todo el cuerpo. Me condujeron a la rastra por un infinito pasillo de hormigón, solo iluminado por unos poco fluorescentes que colgaban precariamente del techo y que terminaba en una bifurcación.

Siempre girábamos a la derecha, hasta la puerta del fondo, que daba a una sala en la que las paredes eran de azulejos blancos, como en los antiguos hospitales.

En el centro, una silla con correas me esperaba. Ya nos conocíamos... demasiado bien.

Los dos guardias que me había traído hasta allí, me sentaron en aquel aparato del infierno, apretando las correas de cuero tanto, que me cortaban la circulación. Mis muñecas ya tenían el dibujo en carne viva de las correas, nunca sanaban, no daba tiempo.

Una vez bien atada, entraba un hombre vestido siempre con elegantes trajes, que se sentaba justo frente a mi y disfrutaba con el retorcido juego.

-Hola preciosa, espero que hoy colabores conmigo, no quiero hacerte más daño. -dijo mientras se ajustaba la corbata y arqueaba una ceja. - Puede que yo estuviera maltrecha, pero sabía cuando me estaban mintiendo. ¿Que no quería hacerme más daño?, ¡já!.

-¿Dónde está el archivo de la operación clockwork?. -preguntó en un tono que hasta pareció amable.
-No sé que es eso, -dije con un hilo de voz.
-¿No?, creo que mientes. Si no, ¿por qué ibas a estar aquí?.
-Ya te he dicho que no lo sé.
- Y…¿si lo supieras?. -Preguntó levantándose de la silla y caminando hasta colocarse frente a mi.
-Me tragaría la lengua primero. -Le respondí con los ojos encendidos en furia.

Tras esa respuesta que no le gustó nada, me asestó un fuerte puñetazo, haciendo que rápidamente la boca se me inundara de sangre.
-¿Quieres tragarte la lengua?, porque no tendré ningún tipo de piedad para arrancártela de cuajo.

Aquel hombre tenía muy poca paciencia. Según mi cautiverio iba avanzando, su sadismo crecía. Casi no recuerdo todo el castigo que he soportado, pero mi cuerpo tomaba nota de todo ello.
Las cicatrices en la espalda y las piernas, los cortes, moretones, huesos rotos, cada día más doloroso, cada día más brutal.

Me va a costar mucho hacerle daño a tu precioso cuerpo, pero no veo otra opción. Y con un golpe seco, me atravesó el muslo con un clavo de unos cuarenta centímetros de longitud, enmudeciendo la sala con un feroz grito de dolor. La sangre salía sin cesar de la herida, mientras él lo retorcía y empujaba hacia abajo.

-Ahora hablarás. -Con un chasquido de sus dedos, otro de los guardias, colocó unas pinzas alrededor del clavo, mientras que el otro, me introdujo una pequeña pala de madera recubierta de gasa en la boca.

Sin miramientos, accionó el interruptor y la corriente pasó a través del clavo a mi cuerpo. Me zarandeaba sin piedad, era un dolor indescriptible, dejándome al borde del colapso.

Hacía ya mucho tiempo que deseaba morir. Me entrenaron para soportar el dolor, me entrenaron para mantenerme fuerte. No tenía miedo a morir, ni a la tortura. No iba a hablar, tampoco sabía qué querían de mí, así que solo esperaba a que mi cuerpo dejase de funcionar.

Y así se sucedían los días, hoy descargas, mañana palizas, pasado intentaban ahogarme. Una y otra vez, una y otra vez.

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-No va a decir nada, está en muy mal estado, si seguimos así, no tardará en morir. -Dijo el hombre de los elegantes trajes. -¿Qué hacemos?, ¿la matamos?.
-¡No!, no podemos matarla aún, necesitamos su expediente y el archivo de la operación. Vamos a soltarla, seguro que estarán buscandola. Si la encuentran, podemos rastrearlos.


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No podía siquiera pestañear sin que todo mi cuerpo temblara de dolor, no quedaba mucho para que perdiera la consciencia. 

Todo en esa mugrienta celda daba vueltas, todo sonido hacía eco en mis oídos, dejándome totalmente aturdida, a merced de cualquiera. 

De pronto, dos sombras se posaron frente a mi. Me sentí levitar, “el fin ha llegado”, -pensé. 

Otra vez me arrastraban por el mal iluminado pasillo.
El sudor resbalaba por mi frente, mientras notaba como la piel de los pies se rasgaba al ser arrastrada como un saco inerte.

Esta vez tomamos una dirección diferente.

-E... es...toy lis...t...t...a, -susurré antes de perder mi presencia de espíritu.

Aquellas dos sombras que transportaban aquel guiñapo, detuvieron la marcha al llegar a la superficie.

-¡Despiértala!, si se muere ahora, seguiremos su mismo camino. -dijo uno de ellos.

Sin miramiento alguno, me abofeteó hasta que conseguí abrir débilmente los amoratados ojos.
¿Dónde estábamos?, -me pregunté a mi misma.

La noche bañaba todo el paisaje.Sólo podía divisar lo más cercano a mi, la orilla del mar. La brisa húmeda y fría penetraba bruscamente el trapo de hospital que llevaba por ropa. Rápidamente me percaté de la temperatura y el cuerpo me empezó a tiritar violentamente.

Una enorme luz se aproximaba a la orilla donde nos encontrabamos. Se trataba de una pequeña lancha en la que venían dos tripulantes.

El walkie de uno de los guardias empezó a sonar. -¡Contesta!, será el sargento preguntando por qué tardamos tanto.
-Si, la lancha acaba de llegar, esperábamos su orden sargento. , -dijo mientras la voz contestaba a través del artilugio. -Proceded.
-Si, señor, cambio y cierro. -Afirmó, mientras le hacía un gesto afirmativo a su camarada.

Se acercó a mi apuntándome con el arma, mientras el otro guardia me colocaba de rodillas, una postura que casi no podía mantener debido a la debilidad de todos los huesos y músculos.
-Dulces sueños…

Con la culata de la pistola me dió un fuerte y seco golpe en la sien, cayendo mi cuerpo súbitamente sin conciencia.
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Tirada en el suelo cual despojo, el agua del mar se filtraba lentamente en mi boca, también mojando mi piel.

Era solo agua, pero dolía más que un cuchillo. Estaba congelada.

Poco a poco conseguí abrir los ojos. No había nadie a mi alrededor, el paisaje había cambiado. Mi adolorido cuerpo no me permitía moverme.

De pronto, oí unos pasos que se acercaban rápidamente a mi. No podía ver quien era, me retiró el pelo de la cara y puso sus dedos en mi cuello.

-¡Respira!, -dijo volteándome para ver si tenía alguna herida grave. -Vamos, no puedes quedarte aquí, necesitas ir a un hospital.

¿Un hospital?, sería mi fin si me llevase allí, me encontrarían de nuevo… no, no podía permitirlo.

-N….n...no…, no pue...do, un hospi...tal...no, -dije con la poca fuerza que tenía. - Él me levantó y me sacó del agua en brazos, después volví a caer presa de la debilidad.

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